martes, 7 de enero de 2014

Por el reconocimiento de los derechos de los asistemas.

“Es curioso que, en los tiempos pasados, una pareja de amantes tuvieran total libertad para impedir el nacimiento de una criatura que había sido concebida ya en el vientre materno, o para separarse cuando habían dejado de amarse, y no tuvieran la misma posibilidad para emanciparse de un ente no humano (ni siquiera natural) en el que no creían, como era el sistema, quedándoles la única alternativa del vagabundeo y la mendicidad, lo cual tampoco les garantizaba una independencia total con respecto a aquél.” (Reflexión futurista) 

Igual que en su día los ateos exigieron que su derecho a no creer en Dios fuera respetado por aquellos que sí creían, actualmente se hace necesaria la elaboración de un manifiesto que exija el respeto hacia aquellos que han dejado de creer en la necesidad de un sistema político, económico o social que les tutele (y su derecho a obrar en consecuencia), un Manifiesto Asistema que les proteja frente a la ira y el fanatismo de los fieles sistémicos.

Igual que un ateo, un asistema no pretende convencer a nadie de sus creencias (o mejor dicho, de sus no creencias). Igual que un ateo no exige que la gente creyente deje de profesar sus cultos religiosos, un asistema no exige que la gente que quiera someterse a un determinado sistema deje de hacerlo, tan sólo reclama el derecho, de quien lo desee, a poder emanciparse de él. Desgraciadamente, igual que ayer los ateos fueron considerados como herejes, hoy los asistemas sufren el mismo cruel destino por culpa del fanatismo y la intolerancia dominante.

Para un asistema, la vida en los tiempos actuales es tan difícil (o más) a como lo fuera para un ateo en los tiempos de la Inquisición, pues, al igual que éste debía entonces hacer profesión de una fe en la que ya no creía si no quería ser condenado a la hoguera, un asistema se ve obligado a hacer mil cosas diferentes por un sistema en el que ya no cree si no quiere acabar en la cárcel, en el manicomio o apaleado por el fanatizado vulgo sistemático. A las anteriores dificultades se añade la de que un asistema nace en un mundo totalmente sistémico (como un ateo del pasado nacía en un mundo totalmente teocéntrico), lo cual hace que, además de tener que enfrentarse a las dificultades exteriores, deba llevar a cabo una feroz lucha interior para derribar los prejuicios adquiridos desde su nacimiento.

Ya va siendo hora de que el derecho de una persona a no creer en el tipo de sistema político, económico o social que sea y el derecho a obrar en consecuencia con ello sean reconocidos y respetados, del mismo modo que se reconoce y respeta el derecho de una persona a no creer en Dios y a no hacer ningún tipo de acto de profesión de fe al respecto.

Indudablemente queda mucho camino por recorrer, pero del mismo modo que hoy se consideraría aberrante que una persona que no cree en Dios tuviera que ir obligatoriamente a misa, confesarse, pagar el diezmo y demás obligaciones que las personas tenían con la iglesia en los tiempos pasados, en un futuro se considerará igualmente aberrante que un ser humano que ha dejado de creer en los sistemas tuviese que vivir en urbes macropobladas, realizar trabajos robóticos, cumplir ciertos deberes con el Estado (desde el cumplimiento de leyes al pago de impuestos), adaptarse a las modas dominantes de tipo social, cultural, científico… si no quería verse expuesto, no sólo a la furia de las instituciones, sino también a la del populacho. Del mismo modo que hoy un hombre es libre para someterse o no a la autoridad divina, mañana lo será para estar sujeto o no a la del sistema.

Las dudas y preocupaciones que asaltan hoy al fanático sistémico con respecto a los derechos del asistema son las mismas que asaltaron ayer al fanático teológico con respecto a los derechos de los ateos, pero, tal y como se pudo comprobar con el paso del tiempo, el reconocimiento de los derechos de éstos sólo sirvió para beneficiar a ambas partes. De igual modo ocurrirá cuando los derechos de los asistemas sean reconocidos: tanto éstos como los sistémicos se verán beneficiados por este nuevo avance.

Por todo lo anteriormente expuesto, os animo, desde estas líneas, a elaborar manifiestos, ensayos o tratados que reivindiquen el reconocimiento de los derechos de los asistemas como un paso más (necesario e inevitable) en el progreso de la especie humana. Ya va siendo hora de que la humanidad, en su imparable desarrollo, logre despojarse de otro pesado lastre; algo que, tarde o temprano, terminará por ocurrir de todas formas.

A continuación, y a modo de ejemplo, propongo seis puntos (y una cita de encabezamiento) que bien podrían formar parte de un futuro Manifiesto Asistema: 

“Una misma ley para el león y para el buey es opresión.” (William Blake) 

- Cuando una persona toma conciencia de los mitos, leyendas y falsedades que envuelven a todo sistema, ya sea político, económico o social, no podrá volver jamás a someter su mente a este tipo de creencias, convirtiéndose, a partir de ese trascendental momento, en un asistema para el resto de sus días, obligado a tomar las riendas de su propio destino. 

- Un asistema no es un antisistema, es decir, un asistema no pretende destruir el sistema dominante (pues para ello tendría que erigir otro aún más poderoso y, por lo tanto, más opresivo), tan sólo exige su derecho a que su no creencia en el sistema, así como su derecho a obrar en consecuencia con ello, sean respetados y reconocidos, tal y como se reconoce y respeta la creencia de los sistémicos en el sistema. 

- Aunque existe una gran diversidad de asistemas y no se puede hablar de un asistema estándar, sí existe unas pocas cosas comunes que les vinculan, como su no creencia en todo tipo de sistema y la repulsa hacia los pilares que los sustentan: educación obligatoria, medios de comunicación y entretenimiento, aparato jurídico, policial y militar, modas culturales, sociales, científicas…, por lo que verse sometido de forma permanente y obligatoria a todo ello constituye, para los asistemas, la misma tortura que para los ateos suponía asistir obligatoriamente a cualquier tipo de acto o ceremonia religiosa en los tiempos antiguos. 

- El derecho a no formar parte de cualquier tipo de sistema debe de ser considerado de forma tan natural como hoy se considera el derecho a no formar parte de cualquier clase de equipo deportivo, partido político, organización religiosa o grupo coral; y del mismo modo que no se obliga a quienes no forman parte de estos últimos a cumplir con las obligaciones necesarias para su mantenimiento, tampoco se puede obligar a quienes no desean formar parte de un determinado sistema a cumplir las obligaciones que éste exige para su mantenimiento.

- El principal temor de los sistémicos con respecto a conceder a una persona el derecho a emanciparse del sistema, consiste en que creen que esto podría ser aprovechado por algunos para eludir las obligaciones pero no dejar de disfrutar de las supuestas ventajas del sistema. Esto no es más que un prejuicio irracional e infundado, pues, para un asistema, tales obligaciones y “ventajas” son igualmente nocivas en el camino hacia su emancipación, por lo que rechazará con el mismo desdén las segundas que las primeras. Por otra parte, si se diera el caso de que alguien, utilizando este derecho, hiciera lo que los sistémicos tanto parecen temer, debería ser motivo de alegría para ellos, pues, en tal caso, el falso asistema no dejaría, de algún modo, de seguir vinculado con el sistema que los sistémicos tanto desean conservar.

- Si los anteriores razonamientos no terminan de convencer al sistémico, los asistemas estaríamos dispuestos a dejar constancia, por escrito, de nuestro deseo de renunciar tanto a las obligaciones que impone un sistema como a todo aquello que los sistémicos consideran como ventajas (internet, televisión digital, automóviles, aire acondicionado, depilación láser...); todo ello con el objetivo de llevar hasta las últimas consecuencias nuestro ideal.