domingo, 22 de diciembre de 2013

Desdramatizando.

Basta con leer a los clásicos para comprobar que a cada generación le ha parecido que la humanidad, en sus respectivas épocas, estaba atravesando el peor momento de la historia. Platón decía que la mayoría de los hombres moraban en una especie de caverna, debido a lo cual les era imposible comprender la realidad; el Nazareno, que sus contemporáneos eran cerdos que no sabían apreciar sus “perlas”,o lobos capaces de azotarle y entregarle a los tribunales; Dante, que el mundo era un infierno, en el que la codicia y el egoísmo eran la norma general; Cervantes, que el destino reservado al hombre que pretendiera realizar en sí mismo los grandes ideales sería el de terminar siendo considerado por la mayoría como un loco; Goethe, que la mentalidad burguesa había convertido a la práctica totalidad de los hombres en seres aburridos y conformistas, no muy diferentes a un rebaño de ovejas. Y así, tantos y tantos pensadores conocidos y anónimos que han poblado la superficie de la tierra.

Actualmente, muchos somos quienes consideramos a nuestros semejantes como autómatas, sin alma y sin la menor sensibilidad; un pensamiento que, en muchas ocasiones, nos lleva a sumirnos en la más profunda tristeza, al sentir que, entre nosotros y ellos, se abre un insalvable abismo, imposible de ser atravesado en una u otra dirección por ninguna de las dos partes.

Pasarán los años, y con ellos los siglos, y las cosas seguirán más o menos igual; lo importante es que, a través del tiempo, y “sea cual sea nuestro estado, nos reconoceremos” (Goethe, Werther), descubriendo, gracias a ello, quienes somos en realidad (y quienes fuimos y seremos). ¿Puede haber algo comparable a esto? ¿Puede existir algo más maravilloso? Por lo que deja ya de lamentarte, y alégrate de ser quien eres; alégrate de compartir el destino de los hombres ilustres; alégrate de que mientras el mundo envejece a tu alrededor, tus ansias de libertad te permitirán ser joven por siempre.

Haz un ejercicio de humildad, y reconoce que el resto de los hombres que te rodean son (más o menos) iguales a ti, capaces de percibir lo mismo que tú. Practica verdaderamente la tolerancia, y respeta la decisión que han tomado; si han elegido las "tinieblas", no te conviertas tú en el déspota que se entrometa en su elección y que trate de sacarles, por todos los medios a tu alcance, de lo que tú consideras que es una equivocación; piensa que se trata de una cuestión de prioridades, y las suyas no son las mismas que las tuyas. Sólo de este modo podrás centrarte en tu objetivo y alcanzar aquello que les está reservado únicamente a los verdaderos amantes de la LIBERTAD.