viernes, 15 de marzo de 2013

La falacia de la naturaleza "dual" del ser humano.

Durante siglos se ha sostenido que el ser humano tenía una naturaleza dual, en el sentido de que dentro de sí encerraba, por naturaleza, la capacidad para hacer el “bien” y el “mal”, la capacidad de crear y de destruir, la capacidad para amar y para odiar.

Sostener esta afirmación en los tiempos actuales, después de los múltiples avances y estudios en el campo de la psicología, es negar lo evidente para seguir justificando lo injustificable.

Hobbes, Hegel, Herbert Spencer, Ortega y Gasset, así como tantos otros intelectuales al servicio de las élites dominantes, han sido algunos de los muchos encargados de perpetuar esta visión pesimista del género humano, con el fin de justificar la dominación de dichas élites sobre la mayoría de los seres humanos.

Los impulsos destructivos del ser humano no son consustanciales a su naturaleza, más bien, se trata de una especie de desequilibrio psíquico, ocasionado por la continua y prolongada represión de sus instintos naturales de vida y libertad, desde su nacimiento hasta su muerte.

Como ya he explicado en anteriores artículos, la civilización necesita de dicha represión para perpetuarse. Esta represión (y nada más que ella) es la culpable de los desequilibrios psíquicos que hacen que los seres humanos desarrollen impulsos destructivos y autodestructivos.

Todo esto se puede observar con total nitidez en el comportamiento de los niños pequeños. La represión ejercida desde nuestra más tierna infancia, no sólo sobre los impulsos sexuales naturales, sino también sobre otra serie de impulsos (locomotores, alimenticios, etc…), hace que el niño vaya acumulando un alto grado de frustración, lo cual suele exteriorizar a través de las conocidas como rabietas o pataletas de los niños pequeños, para las que muchas veces no encontramos explicación racional.

Esta frustración, que se va acumulando a lo largo de toda nuestra vida, va desarrollando en nuestro interior impulsos destructivos y autodestructivos, hasta convertirlos en parte de nuestro carácter.

Por lo tanto, toda explicación que trate de hacernos creer que tales impulsos son consustanciales a la naturaleza humana tiene como único objetivo el de ocultar la tiranía y el carácter patológico de todo orden civilizatorio, y justificar su continuidad. Algo comprensible, por otro lado, si tenemos en cuenta que los responsables de perpetuar este orden han sido las personas más afectadas por la enfermiza y antinatural civilización (las personalidades sádicas o psicopáticas), quienes, debido a su desequilibrio psíquico, son incapaces de imaginarse la vida sin ella.

La represión civilizatoria, y el consiguiente miedo que ésta induce en los individuos impidiéndoles vivir plenamente sus vidas, es la auténtica culpable de los impulsos destructivos y ególatras de los seres humanos. El miedo a vivir siguiendo nuestros instintos naturales convierte a los hombres en seres temerosos y asustadizos, que sólo piensan en protegerse y en alcanzar seguridad mediante la acumulación de cosas, o agrediendo a aquello o aquéllos que pueden poner en peligro tales cosas que les proporcionarían aquella falsa sensación de seguridad.