lunes, 25 de marzo de 2013

El fruto de Eros y Psique como camino hacia la liberación.


La civilización es una expresión de la fase decadente en la que se encuentra la especie humana. La incapacidad de los seres humanos para vivir y relacionarse armónicamente con la naturaleza fue la causa del desarrollo de la civilización. Con el paso del tiempo, la dependencia hacia esta creación artificial se fue haciendo cada vez mayor, volviendo, a su vez, más complicada la vuelta a una forma de vida armónica con la naturaleza. Hoy en día es prácticamente una utopía para la gran mayoría prescindir de la civilización y de todas sus creaciones; y lo será aún más en el futuro. Esto no quiere decir que no haya otra alternativa, y que tengamos que tratar de adaptarnos a ella o hacerla más “humana”.

No comprender que la civilización, y todo lo que ella conlleva, es la responsable de todos los males que sufre la especie humana (todos ellos relacionados con el problema del ego), y creer que la solución está en “mejorar” o “humanizar” la civilización, con la excusa de que la vuelta atrás es imposible, no es más que retroalimentar el problema; algo que, de todas maneras, continuarán haciendo los caracteres sádicos-masoquistas (de los que hablé en artículos anteriores), a los cuales nos será imposible sacar jamás de su error, debido al alto grado de represión que han interiorizado.

Es decir, tratar de “mejorar” o “humanizar” la civilización sólo agravará aún más el problema; pero esto no será nunca comprendido por la gran mayoría, que, generación tras generación, se encargará de perpetuar y empeorar el problema. La humanidad hace siglos ha sido condenada al castigo de Sísifo.

Desentenderse del desarrollo o del progreso de la civilización no debe ser entendido nunca como un acto de egoísmo, sino como el mayor acto de responsabilidad de un ser humano para consigo mismo y para con sus semejantes. A pesar de que los caracteres sádico-masoquistas puedan calificar esta actitud de “pasotismo” egoísta, debemos entender que ello sólo obedece a su deseo de hacernos sentir culpables, con el fin de impulsarnos a participar en sus neuróticos proyectos civilizatorios; unos proyectos originados por su incapacidad de vivir en armonía con la naturaleza, debido (como he dicho antes) al alto grado de represión sufrida a lo largo de sus vidas.

Sin duda alguna, una de los mejores ejemplos para comprender esto último es la actitud reaccionaria de Ortega y Gasset frente a Diógenes el cínico, en su “Rebelión de las masas” (1). Ortega, uno de los principales heraldos de las clases dominantes (sádicas) de España, de la primera mitad del siglo XX, trata, con toda su obra, de inculcar el sentido de culpabilidad entre todas aquellas personas que no participen activamente en los proyectos sádicos de sus amos.

Existen otras formas de tratar de implicar activamente a los seres humanos en el progreso y desarrollo civilitario, y superar eso que tanto asusta a los sádicos que ostentan el poder, llamado por ellos la inercia de las masas (2). Estas formas suelen ser la representación y retransmisión de dramas colectivos, perfectamente prediseñados por especialistas en ingeniería social e interpretados por los llamados actores sociales (políticos, activistas, sindicalistas o periodistas). Hoy en día, la crisis económica parece la baza más seguida por estos psicópatas para conseguir sus objetivos, al sumir a la mayor parte de la población mundial en una permanente situación de angustia, estrés y ansiedad, muy útil para manejarles a su antojo.

La civilización es una fase decadente de nuestra evolución como especie. El esfuerzo por imponernos a las fuerzas de la naturaleza nos ha conducido (y nos seguirá conduciendo) hasta donde ahora nos encontramos: condenados a subir una enorme roca a lo alto de una cima, justo antes de la cual, cae cuesta abajo, teniendo que volver a por ella una y otra vez.

Nos ha tocado nacer cuando nos ha tocado, sin posibilidad alguna de elección, convirtiéndonos obligatoria e instantáneamente en herederos de algo no deseado. No es culpa nuestra que las cosas estén como están y, por lo tanto, tampoco es nuestra responsabilidad. Cualquier esfuerzo destinado a “arreglar” tal estado de cosas sólo servirá para empeorarlo y fortalecer los barrotes de esa demencial prisión llamada civilización, en la que tan a gusto se sienten los caracteres sádicos y masoquistas. De igual modo, tratar de convencer de esto a éstos últimos, sólo servirá para granjearnos su odio o para llenarnos de frustración ante su total incomprensión.

Por todo ello, lo mejor que podemos hacer quienes hemos podido vislumbrar el estado de locura en el que se halla sumida la inmensa mayoría de la humanidad desde hace siglos, es permanecer indiferentes a todos sus montajes y shows destinados a pastorear al rebaño humano (especialmente a los dramas político-económicos retransmitidos 24 horas al día, 7 días a la semana), relajarnos, y tratar de disfrutar todo cuanto podamos y nos ofrezca la vida en cada etapa de nuestra existencia (el amor, la amistad, el arte, la aventura...); asumiendo con humildad e inteligencia que a los 60 no podremos disfrutar de lo mismo, ni del mismo modo, que a los 40, ni a los 40 igual que a los 20.

Busca el fruto de Eros y Psique en todo momento y situación; 
ello, y nada más que ello, podrá conducirte a la salvación.

(1) La rebelión de las masas, Primera parte, capítulo XI.
(2) Para Edward Bernays, el sobrino de Freud y uno de los principales teóricos de la ingeniería social, ni el comunismo, ni el anarquismo, ni ningún otro tipo de lucha política o doctrina ideológica es el enemigo a combatir: “El enemigo jurado de cualquier intento de cambiar los hábitos humanos es la inercia. La civilización está constreñida por la inercia”, Propaganda, cap. IX.
Es curioso observar como personajes supuestamente tan alejados ideológicamente como Julio Anguita y Luis María Ansón (el primero comunista y el segundo neoliberal), en recientes entrevistas para la Sexta TV, coinciden en lo mismo que Bernays: la necesidad de implicar al mayor número de gente posible en la transformación social, independientemente de sus ideologías o creencias.