martes, 5 de marzo de 2013

Buscando una alternativa a la autodestrucción inducida por la civilización.

Esta actividad del filósofo, que desenmascara los falsos valores, que denuncia las trampas alienantes de una sociedad envilecida y vana, no se presenta como revolucionaria, porque el destinatario del mensaje filosófico es siempre el individuo. Sólo a la persona que decide seguir este camino le ofrece una senda para la liberación y la serenidad.” (Carlos García Gual, Epicuro, cap. 3)

Como ya expuse en el artículo anterior, la civilización, para poder sobrevivir, ha necesitado, desde sus comienzos, reprimir todo lo posible los instintos de vida y libertad de los individuos que han venido formando parte de ella, de lo contrario habría caído en la anarquía y habría desaparecido (1).

Históricamente, esto se ha considerado un logro de la humanidad, sin tener en cuenta que este supuesto triunfo del hombre (civilización) sobre la naturaleza (anarquía) se ha conseguido a costa de sacrificar la salud mental de casi la totalidad de la humanidad.

Como decía, la represión ejercida sobre el individuo, desde su más tierna infancia hasta prácticamente su muerte, ha sido el mecanismo de supervivencia de la civilización. Esta temprana represión ha engendrado, según su mayor o menor grado, individuos más o menos reprimidos, con todos los traumas y trastornos psicológicos más o menos graves (depresión, ansiedad, estrés, neurosis o psicopatías varias) que ello conlleva.

Han sido los individuos que más han interiorizado esta represión (los que en el artículo anterior denominé caracteres sádicos y masoquistas) los principales encargados de perpetuar la civilización. Una represión, inducida a través del miedo, que les lleva a sentir la imperiosa necesidad de defender, al precio que sea, el orden artificial y antinatural que es la civilización, al que consideran imprescindible para su supervivencia (2).

En otras palabras, la civilización es un producto del desequilibrio mental de los seres humanos, que se perpetúa, desde hace siglos, gracias a producir individuos cada vez más desequilibrados, incapaces de vivir sin ella. Un círculo vicioso (más bien una espiral) cuyos perniciosos efectos se van agravando con el transcurrir del tiempo.

Desgraciadamente, el número de individuos desequilibrados, así como el grado de su desequilibrio ha ido creciendo en el planeta progresivamente, a lo largo de la historia. Perfectamente, podríamos calificar a la civilización como un agente transmisor de un trastorno mental incurable y que se contagia con gran facilidad, ampliando, de generación en generación, su grado de destructividad (3).

Fueron los filósofos epicúreos en occidente y los sabios taoístas y zen en oriente quienes mejor analizaron este trastorno psíquico degenerativo e incurable que la civilización produce en la especie humana, y quienes mejores propuestas hicieron para tratar de protegerse de este mal, y paliar, en la medida de lo posible, sus efectos, conscientes de la imposibilidad de dar marcha atrás y volver al estado de “el salvaje feliz”.

¿Qué hacer?

En primer lugar, no queda más remedio que aceptar el carácter incurable y degenerativo  de este mal que es la civilización; algo casi imposible para la mentalidad idealista platónica que predomina, hoy en día, en la mayor parte de los individuos, y que lleva a éstos a intentar “mejorarla”, lo cual no hace sino retroalimentar y perfeccionar su perversidad: El individuo, al tratar de “humanizar” la maquinaria civilizatoria, lo que consigue es hacerla más perfecta y sofisticada y, por lo tanto, más difícil el librarse algún día de ella.

La civilización está ahí, nunca desaparecerá, sino que continuará perfeccionando sus mecanismos represivos cada vez más. Se trata de una cruda verdad, pero necesaria, para poder dar los siguientes pasos.

Una vez asumido lo anteriormente dicho, es necesario asumir también que las soluciones colectivas masivas no son posibles (pues la mayor parte del género humano está “perdido” de antemano) y que la única solución viable es la "salvación" personal y la de aquellos pocos que comparten nuestras inquietudes. Empeñarse en soluciones colectivas masivas es asegurarse el mismo destino sufrido por Sócrates, Jesucristo o, si se quiere, por Neo, el protagonista de la saga cinematográfica “Matrix” (4). Toda propuesta que nos induzca a la autoinmolación personal en pro de la supervivencia de la civilización tiene un origen bien definido: aquellas personas profundamente reprimidas que han desarrollado un carácter sádico- masoquista insano (principalmente las clases dirigentes).

Epicuro, igual que los sabios zen, era consciente de que la vuelta al “paraíso” era imposible, y que tratar de convencer a la mayoría de sus semejantes de la necesidad de ello era aún más difícil, por lo que decidió apartarse lo más posible de la ya alienante civilización de entonces con aquellos pocos que pensaban como él, con el fin de atenuar los daños psíquicos sufridos, así como evitar sufrir más.

A lo largo de la historia, su ejemplo ha sido seguido de diferentes formas por multitud de personas; el problema ahora, unos cuantos siglos después, es que debido al carácter degenerativo de esta plaga civilizatoria, el espectro de individuos afectados por ella se ha ido ampliando cada vez más, así como sus resistencia a cualquier tipo de “antídoto” (pues cada vez están más convencidos de la normalidad de su “locura”).

En los tiempos actuales, no sólo se ha hecho cada vez más difícil tratar de situarse al margen de la civilización (pues, debido al control estatal de prácticamente todos los rincones y recursos del planeta, es prácticamente imposible hacerlo), sino también encontrar a alguien con quien hacerlo.

Hoy, como en los tiempos de Epicuro, sigue siendo una utopía la vuelta al “paraíso”, pues como he explicado antes, la perpetuación de la civilización, de generación en generación, es imparable; pero tampoco parece realizable la solución propuesta por Epicuro en su día (el Jardín), es decir, la de aquel apartamiento de la sociedad por parte de un pequeño grupo de personas que conseguían ser autosuficientes en cuanto a las necesidades básicas se refiere.

En los tiempos de Epicuro, el aparato estatal no estaba tan desarrollado como en los tiempos actuales, ni la propiedad de la tierra tan controlada, por lo que entonces era mucho más fácil retirarse de las grandes ciudades y formar una pequeña comunidad autosuficiente que pudiera pasar desapercibida durante años para el Estado (5).

Tratar de llevar a cabo, y al pie de la letra, el ideal del Jardín de Epicuro, en la actualidad, creo que sería un grave error, que podría acarrearnos consecuencias parecidas a las de poner en práctica el ideal de “salvar a la humanidad”. Debemos aceptar que todo ha empeorado (y seguirá empeorando), y que las muchas posibilidades que antes se le ofrecían al ser humano para ser libre, se han reducido ostensiblemente. Esto no nos debe llevar al pesimismo, sino, sencillamente, a adaptarnos a los tiempos que corren y a las posibilidades que tengamos. No se trata de ser “puros” (algo que por otra parte nos conduciría a la desesperación, al aislamiento y seguidamente a la autodestrucción), sino de ser realistas y tratar de “contaminarnos” lo menos posible (y "descontaminarnos" lo más posible), en función de las posibilidades de cada uno.

También la frugalidad tiene su medida; el que no la tiene en cuenta sufre poco más o menos lo mismo que el que desborda todos los límites con su inmoderación.” (Epicuro, SV 63)

En cualquier caso, y como dice el manifiesto antitanático, publicado en este blog, no a todos nos vienen bien exactamente las mismas cosas que a otros, ni siquiera a uno mismo le vienen bien siempre las mismas cosas durante toda su vida (“El hombre que jamás cambia de opinión es como el agua estancada: engendra los reptiles de la mente” W. Blake). Por eso, es muy importante no tomarse nunca nada al pie de la letra, sino tratar de adaptarlo a nuestras propias capacidades personales, teniendo en cuenta que éstas van variando a lo largo de nuestra existencia; cogiendo lo que consideremos más adecuado y rechazando aquello que consideremos menos oportuno, según el estado en el que nos encontremos.

El lema "No tienes más derecho que hacer tu voluntad", con todo lo que conlleva, enunciado por Aleister Crowley, creo que puede ser también una propuesta eficaz para combatir la autodestrucción (o muerte en vida) inducida por la represión civilizatoria. Crowley, tras estudiar minuciosamente las leyes que regían el comportamiento de la naturaleza, y ver que ésta obedecía únicamente a su propia voluntad (el movimiento de la luna, de la tierra  o del sol, por ejemplo), determinó que los seres humanos (como parte de la naturaleza que somos), una vez superada la represión civilizatoria, y descubierto cuál era su verdadera voluntad, sólo tenían el derecho de cumplirla y no hacer nada más que eso: su voluntad. Lo cual tampoco es tarea sencilla, teniendo en cuenta el alto grado de represión al que nos ha sometido la civilización actual.

En cualquier caso, OS MANDO MUCHO ÁNIMO a aquellos y aquellas que estéis buscando el camino de la liberación, pues las dificultades son muchas y no nos queda otra.

(1) Me refiero a que habría desaparecido la civilización, no el ser humano como especie.
(2) Estos individuos no son sólo los dirigentes de los estados, sino también la gran mayoría de sus súbditos.
(3) Como comenté en un artículo anterior, W. Reich utilizó el término peste o plaga emocional para calificar un tipo de trastorno del carácter ocasionado por la represión civilizatoria. Muchos siglos antes, Epicuro calificó de “enfermedad sagrada” los trastornos ocasionados en el individuo por la civilización.
(4) Estos modelos de mártires (y muchos otros), propuestos o promocionados por las clases dirigentes, han tenido el objeto de motivar e involucrar a los individuos en la renovación o revolucionarización de la civilización, a costa de sacrificar su propia vida.
(5) En cualquier caso, las comunidades Epicúreas, con el paso del tiempo, fueron sufriendo persecuciones cada vez más duras.