miércoles, 20 de febrero de 2013

La represión inducida a través del miedo como fundamento de toda civilización.

El fundamento de toda civilización ha sido siempre el dominio de una minoría sobre una mayoría. Esa ha sido la única razón de su existencia. Para alcanzar y perpetuar este orden, ha sido necesario reprimir los instintos de libertad y vida de dicha mayoría (1); para lo cual se han utilizado las más diversas estrategias, donde el miedo ha sido la base de todas ellas.
 
Primero, se difunde una especie de miedo irracional y paranoico entre la población (antiguamente a través de la iglesia; hoy en día, a través de los llamados medios de comunicación de masas), con el objetivo de que los individuos sientan temor a desarrollar plenamente sus instintos de vida y libertad (totalmente opuestos a la sumisión exigida en toda civilización). A continuación, los gobernantes (el Estado) ofrecen a los individuos protección frente a tales miedos (en su día, el infierno; en la actualidad, el terrorismo o el cambio climático), a cambio de la sumisión a sus leyes y a sus costumbres. Por último, y no menos importante, los ciudadanos más persuadidos por la estrategia del miedo se convierten en los mejores aliados del propio Estado, al cual están dispuestos a proteger para conservar la ficticia seguridad que éste les proporciona, frente a aquellos cuyas ansias de libertad no pueden ser totalmente sobornadas por dicha estrategia.
 
La ecuación es muy sencilla: cuantos más individuos reprimidos e incapaces de disfrutar de la vida (por el miedo inducido), más posibilidades tendrán la élite gobernante (mucho más reprimida aún) (2) de utilizarles, como si de títeres se tratase, para sus intereses personales.
 
Hoy en día, gracias al desarrollo tecnológico e intelectual alcanzado por las élites gobernantes, los medios para inducir miedo entre la población son mucho más sofisticados que nunca, por lo que el grado de represión en los individuos es muy alto a pesar de la apariencia de libertad pregonada. El miedo a perder el empleo, la casa, el miedo al SIDA, a la violencia de género, al cambio climático, al terrorismo, a las guerras y a tantos otros fenómenos sociales provocados o manipulados por las élites, y difundidos masivamente 24 horas al día, 7 días a la semana, ha creado individuos totalmente atemorizados y reprimidos, angustiados por el mañana y completamente incapaces de disfrutar del presente.
 
Un primer paso para escapar del círculo miedo-autorrepresión sería el de intentar evitar (en la medida de lo posible) toda propaganda del miedo difundida no sólo por los medios de la élites (televisión, cine, radio, periódicos, internet, vallas publicitarias, instituciones…), sino también la de aquellos grupos o individuos que, engañados por la estrategia del miedo, se han convertido, inconscientemente, en aliados de dichas élites (intelectuales independientes, partidos comunistas, algunas organizaciones anarquistas, o los llamados movimientos sociales como el 15M), perpetuando y retroalimentando con sus reivindicaciones (en las que el mensaje alarmista es la tónica) el orden de opresores (gobernantes) y oprimidos (súbditos) inherente a toda civilización (3).
 
En definitiva, se trata de huir lo más lejos posible de todo discurso cuyo eje principal gire entorno al miedo (y a la seguridad o protección), pues su objetivo y consecuencia última será la autorrepresión de los individuos a los que va dirigido, por muy buenas intenciones con que se haga (si se quiere ayudar a la gente, lo último que se debe hacer es meterle más miedo).
 
Es importante tener en cuenta que, debido a que prácticamente desde nuestro nacimiento se nos educa con la estrategia del miedo, con el fin de subordinar nuestros instintos de vida a la civilización, es muy difícil conseguir una desrrepresión total.
 
A continuación, atenuado parcialmente el miedo, es hora de tomar decisiones. En nuestra sociedad, la primera y más importante sería la de abandonar nuestro trabajo asalariado (especialmente si se trata de un trabajo en el que no nos sentimos realizados, o que realizamos con el único fin de ganar dinero), sustituirlo por otro de mucha menor carga horaria o trabajar de forma ocasional. En caso de no tener trabajo, no preocuparse demasiado por encontrar uno fijo o de mucha carga horaria. La razón fundamental de esta decisión es que no hay nada, en esta sociedad, que reprima tanto nuestros instintos de vida como el trabajo asalariado, al supeditar la mayor parte de nuestra existencia a su disciplina e inflexibilidad horaria: si un día te apetece levantarte más tarde, no puedes; si un día de trabajo quieres ir a la montaña, tampoco puedes; si te toca trabajar un fin de semana que te apetecía irte con tu amante a un romántico paraje, tampoco; y así ad aeternum. Como decía Henry David Thoreau: “Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que ese incesante trabajar.”
 
Es importante saber que optar por una forma de vida no reprimida puede conllevar riesgos, como que el resto de individuos (la gran mayoría), tremendamente reprimidos, te consideren una amenaza a su forma de vida (4). Cómo evitar o atenuar este peligro, o evitar el aislamiento, son otras de las claves (una vez superada la represión propia) para una vida sana, en una sociedad de individuos en su inmensa mayoría insanos (5). 

(1) Esta represión tiene como objetivo que los seres humanos no puedan disponer con absoluta libertad e independencia de sus vidas.
(2) Pues dicha élite no sería otra que la de los débiles, decadentes y resentidos, incapaces de saborear plenamente la vida, a los que Nietzsche alude en gran parte de su obra.
(3) Los mensajes y reivindicaciones de estas personas y colectivos (involuntaria o voluntariamente) nunca van dirigidos a desmontar el orden civilizatorio, sino a perfeccionarlo o hacerlo más confortable para los súbditos.
(4) Wilhelm Reich explica esto muy bien en su obra “Análisis del carácter”, al tratar el concepto de Plaga Emocional: “El individuo aquejado por la plaga emocional tiene miedo a los impulsos naturales. Este miedo es el que le impulsa a hechos peligrosos si alguien amenaza seriamente su sistema social.” (Cap. XII, a)
(5) Os invito a leer una reflexión de Graham Sutherland en este sentido, en el siguiente enlace: http://www.orur.com.ar/33/orur33.htm