lunes, 25 de febrero de 2013

La civilización: un orden psicopatológico.

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.” (F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby)
 
La civilización es un orden antinatural y perverso. Para su supervivencia ha precisado, desde su nacimiento, de la represión de los instintos de vida de los seres humanos que han venido formando parte de ella a lo largo de los siglos (1); con tal objetivo, se ha venido dotando de diferentes instituciones: familia, escuela, iglesia, ejército, policía, medicina, medios de comunicación, etc…

La ecuación es simple: sin la represión de la mayoría, el desarrollo productivo sobre el que se cimenta toda civilización (especialmente la capitalista) no podría llevarse a cabo.

Esta represión que se ejerce sobre los individuos, prácticamente desde su nacimiento, provoca diversos desequilibrios psíquicos de mayor o menor gravedad, según el grado de represión al que se haya estado sometido. Estos desequilibrios pueden ir desde la depresión, ansiedad o estrés, a la neurosis o psicopatías de diverso grado. Precisamente, son los individuos que han desarrollado este último tipo de trastorno, los encargados principales de perpetuar el sistema civilizatorio.

Las personas que desarrollan la psicopatía (en sus diferentes niveles), son personas que desde su infancia han sufrido un alto grado de  represión; una represión que ha ido, poco a poco, anulando sus instintos de vida y forjando un carácter sádico, lo que Freud llamaba erróneamente (o interesadamente) instintos de muerte (2). Un sadismo que, de un modo inconsciente, tiende a la destrucción de aquellos caracteres vitalistas (aquellos que se han visto menos influidos por la represión civilizatoria o han logrado escapar de ella) que no están dispuestos a someterse a la represión propia del sistema civilizatorio, siendo considerados por tal motivo como una amenaza a la estabilidad de dicho sistema.

Es decir, las personalidades sádicas han interiorizado de tal modo la represión sufrida desde su infancia, que consideran como natural y, sobre todo, como necesaria, la represión de los instintos de vida de los seres humanos; por lo que todo aquel que no se someta voluntariamente a la represión constituye una amenaza potencial para la estabilidad y continuidad del orden represivo establecido; un individuo al que hay que combatir para mantener este insano orden que ellos consideran como natural y necesario.

El psicópata (o sádico) prefiere morir en vida (y que sus semejantes también lo hagan), para que la civilización represiva sobreviva.

El carácter psicopático es prácticamente incorregible, pues éste es incapaz de identificar su comportamiento como insano. Igualmente, son incorregibles las circunstancias que construyen este tipo de carácter (la propia cultura). Se podría decir que, desde hace siglos, la humanidad entró en un círculo vicioso (la civilización) del que parece que ya no tiene (al menos de momento) escapatoria posible: La civilización crea millones de individuos con personalidad psicopática, que perpetuarán, gracias a su psicopatía e instintos sádicos, el orden civilizatorio represivo. Estos individuos no sólo ocupan los altos puestos del poder, sino que se encuentran en todas las esferas de la civilización: un padre de familia, un profesor de instituto o un simple compañero de trabajo; un hecho que hace posible la extensión de la represión a todos los niveles de la civilización (3).

Este orden también sobrevive gracias a la colaboración de lo que podríamos denominar como personalidades neuróticas (4). Su número es, sin lugar a dudas, el más elevado. Son aquellos individuos que, profundamente atemorizados por la represión sufrida, han desarrollado un carácter masoquista (5) y son incapaces de vivir sin amos (personalidades psicopáticas), a los cuales defenderán, con el fin de proteger el orden impuesto por éstos, el cual les proporciona una cierta ilusión de seguridad. Estas personas tienen la capacidad de cambiar de amos (habitualmente como consecuencia de la manipulación de individuos de carácter psicopático que quieren ocupar puestos de poder ocupados por otras personalidades psicopáticas: las revoluciones son un ejemplo), pero nunca de destruir el orden civilizatorio vigente.

Por último, el número de individuos que han desarrollado unos instintos de vida sanos (aquellos que han sido menos influidos por la represión o han podido liberarse de ella) son la minoría y, como comenta Gustave Le Bon, en su “Psicología de las masas”, incapaces de hacer frente al orden civilizatorio. Estos individuos pueden también verse afectadas por trastornos como la ansiedad o la depresión o, incluso, llegar a convertirse en neuróticos (masoquista) o psicópatas (sádico), si no son capaces de reaccionar a tiempo y de forma adecuada.

No suele existir un individuo con un carácter sádico o masoquista completamente puro, sino que ambos caracteres suelen estar mezclados en un mismo individuo, con un mayor o menor predominio de uno u otro rasgo.

Los individuos en los que predomina el carácter sádico, o en los que predomina el masoquista, cuyos instintos de vida han quedado completamente (o casi completamente) anulados por la represión sufrida, seguirán surgiendo y reproducirán la civilización que les volverá a engendrar, y así sucesivamente. Igualmente, seguirán surgiendo individuos que han sido menos influidos por la represión sufrida, o han logrado superarla, los cuales, si no son conscientes del hecho anteriormente descrito, y se empeñan en cambiar al resto de la humanidad a su imagen y semejanza, corren el riesgo de acabar adquiriendo también un carácter sádico-masoquista o, como mínimo, desarrollar algún otro tipo de trastorno psíquico como la depresión o la ansiedad.

Tanto los individuos psicopáticos que desarrollan principalmente un carácter sádico, como los neuróticos que desarrollan principalmente un carácter masoquista, padecen un desequilibrio que podría considerarse como irreversible en la inmensa mayoría de los casos, al haber anulado por completo sus instintos de vida y haber desarrollado en su plenitud las pulsiones de muerte inducidas por la represión civilizatoria. Ante esto, el individuo sano, o que aspira a ser sano (pues ningún miembro de la civilización, por el mero hecho de formar parte de ella, está sano del todo), puede optar por dos opciones: o empeñarse en tratar de “salvar a la humanidad” (hacerles ver su desequilibrio psíquico) a costa de entregar su propia vida en el esfuerzo, al estilo platónico o cristiano (algo que además de ser una utopía, suele ser la opción propuesta por las personalidades sádicas que ocupan puestos de poder, con el fin de anular también a las personalidades vitales e involucrarles en su proyecto civilizatorio), o evitar el martirio y aprender a disfrutar de sus capacidades vitales plenamente, compartiendo este conocimiento con aquéllos que verdaderamente desean lo mismo.

¿Cómo llevar a cabo este proyecto con un cierto nivel de éxito, teniendo en cuenta el fuerte condicionamiento interno al que nos ha conducido la civilización? ¿Cómo hacerlo sin sufrir el hostigamiento de los sádicos y masoquistas que considerarán un ataque personal cualquier conducta que trate de eludir la represión civilizatoria? ¿Cómo evitar caer en el aislamiento por evitar dicho hostigamiento? Estas son, sin duda, algunas de las preguntas claves, cuya respuesta han tratado de dar tantas personas a lo largo de la historia (6).

(1) Este instinto de vida es un instinto inherente a todo ser vivo, cuyo objetivo es la búsqueda de su máximo desarrollo; por ello, más que un instinto de placer, debería ser interpretado como un instinto creador o de libertad. Freud, como buen representante de las élites dirigentes, justificó su necesaria represión para el mantenimiento del orden civilizatorio que mantenía a aquéllas en el poder.
(2) Estos instintos de muerte o destrucción no son más que una consecuencia de la represión ejercida sobre el individuo por la civilización para asegurar su perpetuación, y no algo innato en él, como defendía Freud o el propio Hobbes con el fin de justificar la perversidad del orden civilizatorio; por lo tanto, se trataría de un fenómeno artificial e inducido, al contrario que los instintos de vida, que acompañan al ser humano desde su nacimiento.
(3) Andrew Lobaczewski, en su obra "Ponerología política", analiza minuciosamente el carácter psicopatológico de las clases dirigentes.
(4) En el artículo anterior trato de explicar más concretamente cómo, a través de la estrategia del miedo, se origina este tipo de carácter.
(5) Erich Fromm, en su obra “El miedo a la libertad”, analiza magistralmente los caracteres sádicos y masoquistas, aunque, desde mi punto de vista, comete el error de pensar (igual que Marcuse o Reich) que puede llegar a existir una civilización sana, es decir, sin la presencia de dichos caracteres.
(6) La siguiente escena de la película "Matrix" es una magnífica alegoría de la situación en la que se encuentran los espíritus vitalistas en una civilización insana, formada en su mayoría por caracteres psicóticos y neuróticos difícílmente (pero no imposiblemente) corregibles, y de cómo éstos reaccionan ante las ansias vitales de aquéllos  http://www.youtube.com/watch?v=1EmS40UuJM0